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Mensaje al personal diplomático argentino: "No denigréis"

Jueves 13/06/13 A-AA+
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Se refirió a sus compatriotas acreditados en Roma: el "que denigra, necesita rebajar al otro para sentirse alguien". "Si no vamos por un camino fraterno, terminaremos todos mal", advirtió

Jorge Bergoglio se declaró feliz por haber podido pronunciar esta mañana su homilía en castellano –“me hizo mucho bien”, dijo agradecido con los presentes-, después de tantas semanas de hacerlo diariamente en italiano. El motivo fue que a la misa de hoy asistió el personal de la embajada y de los consulados de Argentina ante Italia y ante la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura). Entre los presentes estaba el embajador argentino ante la Santa Sede, Juan Pablo Cafiero.

“Desde el 26 de febrero no celebro la misa en español”, recordó el Papa, aludiendo a la última vez que ofició en Buenos Aires antes de partir hacia Roma para el cónclave que lo convirtió en Francisco y lo alejó –tal vez definitivamente- de su Patria. Físicamente, claro, ya que espiritual y políticamente está más presente que antes.

“Que el Señor nos conceda la gracia de cuidar los comentarios que hacemos sobre los demás”, fue el mensaje de Bergoglio a sus compatriotas, en lo que inevitablemente trae a la memoria la maledicencia de la cual él mismo fue objeto en la Argentina durante los últimos años, por parte de voceros tanto oficiales como oficiosos de la misma administración a la cual sirven los asistentes a la misa de hoy. Ironías del destino.

Como siempre, Bergoglio inició su comentario recordando palabras de Jesús: “El que entra en la vida cristiana tiene exigencias superiores a las de los demás, no ventajas superiores”. Algunas de estas exigencias conciernen precisamente al vínculo con el otro, con el prójimo. “El que maldice, merece el infierno”, dijo el Papa, citando nuevamente a Jesús. Si en nuestro corazón hay “algo negativo” hacia el hermano, agregó, “hay algo que no funciona y te debes convertir, debes cambiar”.

“El enojo es un insulto contra el hermano, es ya algo que se da en la línea de la muerte”, (algo que) “lo mata”, sentenció. Admitió sin embargo que, especialmente en la tradición latina, hay una suerte de “creatividad maravillosa” para inventar epítetos. Pero, advirtió, “cuando estos epítetos son amistosos, todo bien, el problema es cuando se da el otro epíteto”, cuando está presente “el mecanismo del insulto”, que es “una forma de denigración del otro”.

“Y no hace falta ir al psicólogo –dijo- para saber que cuando se denigra al otro es porque uno mismo es incapaz de crecer y necesita rebajar al otro para sentirse alguien”. Este es un “feo mecanismo”, señaló el Papa. Jesús, en cambio, “con toda sencillez dice: ‘no hablen mal el uno del otro, no denigren, no descalifiquen’”. Y esto, aclaró Francisco, “porque en el fondo estamos todos caminando por la misma senda, todos vamos por el camino que nos llevará al final”. Por lo tanto, “si la cosa no va por un camino fraterno, terminaremos todos mal: el que insulta y el insultado”. A continuación dijo: “Si uno no es capaz de dominar su lengua, se pierde”, y además “la agresividad natural, la que ha tenido Caín con Abel, se repite a lo largo de la historia”. No es que seamos malos, dijo el Papa, “somos débiles y pecadores”. Es por eso que es “mucho más simple resolver una situación con un insulto, con una calumnia, con una difamación que resolverla por las buenas”

“Yo quisiera pedir al Señor que nos dé toda la gracia de prestar mayor atención a nuestra lengua, a lo que decimos de los demás”, dijo. “Debemos pedir al Señor la gracia de adecuar nuestra vida a estas nuevas leyes, que son las de la amabilidad, del amor, de la paz, y al menos ‘podar’ un poco nuestra lengua, ‘podar’ los comentarios que hacemos sobre los demás y las explosiones que nos llevan al insulto o al enojo fácil”, fue su exhortación final.