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El monstruo más popular de la historia cumple 200 años

“Frankenstein y el moderno Prometeo” se publicó en 1818: ¡han pasado doscientos años!

Mientras que la novela trascendental de Mary Shelley se publicó de forma anónima en 1818, las conmemoraciones de esa noche oscura y tormentosa en el lago Lemán cuando ella (entonces Mary Marywin, quien se había fugado con su amante casado Percy Shelley) concibió lo que ella misma llamó su "horrible progenie", el relato de Frankenstein.



Muchos historiadores y escritores han discutido la relevancia y las implicaciones del monstruo mas famoso para la ciencia y la invención en la actualidad.

Frankenstein no es solo un libro sobre ciencia. Es una de esas historias que todos conocen, incluso sin haber leído el original: un hombre hace un monstruo; el monstruo se vuelve loco; el monstruo mata al hombre. Puede ser una sorpresa descubrir que el creador, no la criatura, se llama Frankenstein, y que la criatura original no era el individuo desaliñado, gruñón y de cara verdosa que interpretó Boris Karloff en la película de 1931, sino un alma articulada que medita en el paraíso perdido de John Milton. Tales conceptos erróneos pueden hacerle poca justicia a Shelley, pero como el crítico Chris Baldick escribió: "Esa serie de adaptaciones, alusiones, acentos, análogos, parodias y lecturas erróneas siguen la novela de Mary Shelley; no es solo un componente complementario del mito. Es el mito".



No lo dudemos: Frankenstein es uno de los logros más extraordinarios de la literatura inglesa. No está escrito a la perfección, la construcción es a veces un poco obtusa, pero se trata de una visión profunda e inquietante, profundamente versada sobre la ciencia y la filosofía de su época. Y que fue escrita no por un autor experimentado, sino por una adolescente en un período muy difícil de su vida. De hecho, son esas circunstancias problemáticas las que han ayudado al libro a persistir, a seguir estimulando el debate y a seguir atrayendo adaptaciones y variaciones de la historia: algunas buenas, muchas malas, otras simplemente execrables (según algunos).

La ambigüedad del libro es una característica esencial del mito. Todo el mundo adora que una historia esté bien elaborada, pero las creadas en parte por el inconsciente y entregadas deformes e inacabadas tienen un potencial particular para reanimarse, una y otra vez, para ajustarse y dramatizar las ansiedades de la época en la que se encuentren. 

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