El sol de la tarde cae sobre los talleres ferroviarios de Tafí Viejo, entre las chimeneas inmensas que alguna vez fueron el pulmón industrial de una gloria que se oxidó entre promesas políticas y trenes que ya no pasan.
En ese escenario de nostalgia camina como un cowboy solitario como si cruzara el lejano oeste, Juan Altamiranda, aunque él prefiere que lo llamen Gabriel y conocido popularmente por propios y extraños como Lililo.
Saca un cigarrillo, prende el encendedor tapando la llama con la mano para protegerla del viento que baja de la montaña, y mientras el humo se disuelve realiza uno de sus rasgos más distintivos: se toca su cabellera larga y rubia.
No tiene un caballo, pero camina con ese mismo balanceo cansino y peligroso del que no le debe nada a nadie.
Los vecinos más antiguos recuerdan que desde joven recorre la ciudad, sentándose en la ex confitería Rigoletto de la Alem, o charlando y discutiendo con interlocutores imaginarios en la peluquería de Marcelo en la vieja galería Zarzosa, incrustada en el centro de la avenida.
Dueño de su propio tiempo y de una profunda soledad, su look de sacos o camisas amplias le daban un aspecto formal pero desgastado por el andar diario. A veces llevaba carpetas o papeles bajo el brazo como si estuviera ocupado en algún asunto de suma importancia.
Es un fuera de tiempo, una ficción viviente. Un goleador implacable, un fugitivo de la monotonía y un llanero solitario buscando su propio destino a los pies del cerro. En esas canchas de tierra seca y alambrados caídos donde el fútbol se juega con los dientes apretados, Lililo es el Batigol de Tafí.
Se calza los botines gastados y la remera de la selección argentina y se transforma. No le pidas firuletes ni la elegancia de un lírico: lo suyo es la prepotencia del gol. Tiene el olfato del viejo Gabriel Batistuta, agacha la cabeza, gana la posición con el lomo y, cuando le queda el balón boyando, saca un derechazo furioso que hace delirar a todos los bares de la avenida.
Una de sus postales más conmovedoras ocurrió durante las celebraciones del mundial de Rusia 2018, cuando todos los hinchas se detuvieron a jugar un partido imaginario y dejando que eludiera rivales invisibles metió el gol de su vida haciéndolo sentir un héroe, un héroe del whisky más, como diría el Indio Solari.
Como ocurre con los grandes personajes populares, su historia está rodeada de mitos. El libro “Tafí Viejo: 100 años de historia” recoge el rumor popular de que por un gualicho en su juventud su mente quedó en otra sintonía.
Lililo representa a los pueblos del interior tucumano donde la poesía urbana se transforma en realismo mágico. Así lo retrató Lali Molina en su poema y canción “De Lililo”: “Cuenta la gente más vieja que en sus tiempos changos él ya era igual, lobo solitario, dueño del silencio, de su humilde tiempo y la soledad...”.
*Por José Luis Mazza