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La Misa Ricotera: El Indio Solari escribía diferente

Cincuenta mil personas sabían cada palabra, que empujaban hacia adelante como una marea que no tenía miedo de nada porque ya estaban juntos, ya eran uno solo.

Hay bandas que suenan, y hay bandas que hablan. Patricio Rey y sus Redonditos de ricota hablaban. Y lo raro —lo inexplicable— es que siempre parecían saber exactamente lo que uno estaba viviendo, aunque uno mismo todavía no tuviera palabras para nombrarlo.

Eso pasaba en el secundario, cuando el mundo era demasiado grande y vos eras demasiado chico. Y seguía pasando en la facultad, cuando todo parecía que se iba a caer —o que ya se estaba cayendo— y la letra aparecía sola, como una mano extendida en la oscuridad.

Los escuchaste por primera vez en el casete de alguien, prestado, sin tapa, con el nombre escrito a mano con lapicera azul.

Decir "recital de los Redondos" es decir algo que no tiene traducción completa. Era un rito. Una misa —la llamaban así y no era exageración.

Cincuenta mil personas que sabían cada palabra, que empujaban hacia adelante como una marea que no tenía miedo de nada porque ya estaban juntos, ya eran uno solo.

El Indio escribía diferente. Oblicuo, poético, que no te dejaba bajar la guardia. A veces no entendías bien qué decía y eso tampoco importaba, porque la sensación era exacta. Y eso alcanzaba.

En los momentos más negros —y todos tuvimos los nuestros— había una letra que encajaba. No como consuelo barato, no como promesa de que todo iba a estar bien. Como alguien que te dijera: sí, esto duele, es así, y aun así seguís de pie.

Con los años uno aprende que hay pocas cosas tan raras como el amor de los ricoteros por su banda. No es fanatismo a secas. Es algo más íntimo, más difícil de explicar en voz alta. Es que esas letras te formaron. Te dieron un vocabulario para el descalabro, para el deseo, para la bronca. Te mostraron que lo masivo no tenía que ser estúpido, que la poesía podía sonar a volumen alto.

Hoy, cuando escuchás un tema, vuelve todo. El olor a ruta y a cerveza tibia camino al estadio. El frío de madrugada esperando el colectivo con los oídos zumbando. La cara de los amigos, más jóvenes, más rotos, más vivos. Las conversaciones largas sobre letras que nadie terminaba de entender pero todos sentían perfectamente. La certeza de que eso que estaban compartiendo era real, que iba a durar y duró, aunque la banda se separó, aunque algunos de esos amigos hoy estén lejos o ya no estén.

El Indio era un pensador político que eligió la canción popular como trinchera. En los noventa, mientras la Argentina se rendía ante el relato del mercado libre, mientras se privatizaba todo lo que se podía privatizar y se prometía un primer mundo que nunca llegó, los Redondos cantaban desde el otro lado del mostrador. Desde la vereda de los que quedaban afuera.

El neoliberalismo tenía sus voceros, sus conductores de televisión.

Los ricoteros teníamos al Indio. Y la diferencia era que el Indio no mentía. No prometía nada. Nombraba el engaño con una precisión quirúrgica, sin panfleto, sin consigna fácil. La suya era una filosofía de resistencia que no necesitaba manuales: bastaba con escuchar bien, con prestar atención a lo que estaba diciendo detrás de las metáforas.

¿De qué lado de la mecha te encontrás?

Eso se lo enseñaron a una generación entera que llegó a la adultez mientras el país se desarmaba. Y no llegó en forma de discurso, sino de imagen poética. De canción.

Cuando llegó el 2001 y el país explotó, muchos ricoteros sintieron algo raro: que ya lo habían escuchado. Que las letras del Indio habían hablado exactamente eso, años antes. El vaciamiento, la mentira del progreso, la violencia invisible de un sistema que descarta personas como si fueran mercadería vencida. No predijeron nada con magia. Simplemente miraron con honestidad lo que otros preferían no ver.

No hablaba de política como ejercicio intelectual. Hablaba de la gente concreta, de los que trabajaban y aun así no llegaban. Y lo hacía con una dignidad que no era lástima: era respeto. Era decirles que eran el centro, no el margen.

Los Redondos no salvaron vidas de manera espectacular. Las sostuvieron de a poquito, noche a noche, casete a casete. Fueron la banda sonora de crecer en un país difícil, con la sensación permanente de que algo estaba mal pero también de que valía la pena estar acá, en este quilombo, con esta gente.

El Indio era la voz que sonaba en el walkman a las dos de la mañana cuando no había nadie más. La que acompañaba el primer viaje solo, la primera ruptura, la primera vez que el país te traicionó de frente.

Con su muerte, a muchos argentinos se nos fue un pedazo de la adolescencia que creíamos haber guardado a salvo. Porque eso es lo que hacen los artistas que te forman: se quedan viviendo adentro tuyo. En una canción que te lleva de vuelta a una edad, a una noche, a un olor. Y cuando se van, se llevan algo que también era tuyo.

En cada ciudad del país alguien puso Esa estrella era mi lujo a todo volumen y lloró sin saber bien por qué. O sí sabiendo: porque ese hombre les había dado palabras cuando no las tenían.

'en la resistencia, está

Todo el hidalgo valor de la vida"

Para todos los ricoteros un abrazo.

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