Hay frases que, de tanto repetirse, dejan de interpelar. "Los jóvenes son el futuro" es una de ellas. Se dice para reconocer el potencial de una generación, pero también puede convertirse en una forma de postergar su protagonismo. Si las juventudes siempre son "lo que viene", surge una pregunta inevitable: ¿Qué lugar ocupan en las decisiones que se toman hoy? Escuchar sus voces no es un gesto simbólico, sino una condición para construir respuestas más representativas.
La mirada de las nuevas generaciones debe estar presente en los lugares donde construyen su identidad y desarrollan su vida cotidiana, como escuelas, barrios, clubes, organizaciones sociales y municipios. Cada experiencia responde a una realidad distinta, pero todas parten de una misma certeza: quienes atraviesan los problemas de una comunidad también poseen conocimientos y herramientas para pensar sus soluciones.
La Convención sobre los Derechos del Niño, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1989 y con jerarquía constitucional en Argentina desde 1994, establece que niñas, niños y adolescentes tienen derecho a expresar sus opiniones sobre todos los asuntos que los afectan y a que estas sean tenidas en cuenta. Desde esta perspectiva, UNICEF plantea que involucrar a las adolescencias implica mucho más que pedirles una opinión: requiere abrir espacios donde sus voces puedan convertirse en parte de las decisiones que atraviesan sus vidas.
Existen experiencias que muestran cómo una comunidad puede cambiar cuando las juventudes dejan de ser observadas únicamente como receptoras y pasan a formar parte de la construcción colectiva. En Monteros, provincia de Tucumán, funciona desde 2025 un Consejo de Juventudes integrado por 35 adolescentes de entre 12 y 19 años. A través de encuentros mensuales surgieron propuestas que hoy forman parte de la agenda municipal: una Expo Carreras para acompañar decisiones vocacionales; jornadas sobre salud mental y educación financiera; iniciativas para fortalecer los centros de estudiantes y el programa “Concejales por un día”, que acerca a adolescentes al funcionamiento institucional. En ese municipio, la participación dejó de ser una consigna para convertirse en una herramienta de gestión.
Una iniciativa similar se desarrolló en San Javier, Misiones, donde el programa MUNA (Municipio Unido por la Niñez y la Adolescencia), promovido por UNICEF, impulsó un Presupuesto Participativo Joven. Más de noventa adolescentes elaboraron proyectos para mejorar su comunidad y más de trescientos participaron de la votación final. La propuesta elegida fue la construcción de una cancha comunitaria destinada a actividades deportivas. Sin embargo, el resultado más importante no fue solamente la obra elegida, sino el proceso: jóvenes que debatieron necesidades, conocieron cómo se administran los recursos públicos y comprobaron que sus decisiones podían producir cambios visibles.
Las y los adolescentes continúan organizándose, creando proyectos, defendiendo sus comunidades y buscando respuestas frente a los desafíos. Lejos de ser una generación apática o desconectada, demuestran capacidad de acción incluso en escenarios marcados por la incertidumbre. Fortalecer su protagonismo implica reconocer que poseen experiencias, conocimientos y perspectivas necesarias para construir decisiones más justas. Escuchar a las juventudes no es un gesto simbólico: es una forma de mejorar la democracia.