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Dónde dormirá el papa León XIV en Argentina

La residencia elegida por el papa León XIV para su visita a la Argentina es un edificio histórico ubicado en el barrio de Recoleta.

La residencia elegida por el papa León XIV para su visita a la Argentina es mucho más que un edificio histórico, ubicado sobre la avenida Alvear, en pleno barrio de Recoleta, el Palacio Fernández Anchorena fue escenario de encuentros políticos, reuniones de la aristocracia porteña y visitas de figuras centrales de la Iglesia. También tuvo una particularidad: sus propietarios originales nunca llegaron a vivir allí.

Durante su estadía en el país, prevista entre el 8 y el 11 de noviembre, el Sumo Pontífice se hospedará en esta imponente construcción de comienzos del siglo XX, que actualmente funciona como sede de la Nunciatura Apostólica, la representación diplomática de la Santa Sede en la Argentina. Desde allí partirá hacia las distintas actividades previstas en su agenda oficial.

La elección tiene, además, un antecedente significativo, el edificio ya recibió a otro pontífice. Juan Pablo II se alojó allí durante sus dos visitas apostólicas al país, en 1982 y 1987. De esta manera, la residencia volverá a formar parte de la historia de una visita papal a la Argentina.

El Palacio Fernández Anchorena es una de las construcciones más llamativas de la avenida Alvear.

El Palacio Fernández Anchorena es una de las construcciones más llamativas de la avenida Alvear.

Una mansión encargada desde París que sus dueños nunca conocieron

La historia del Palacio Fernández Anchorena comenzó en 1907, cuando el matrimonio integrado por Juan Antonio Fernández y Rosa Irene de Anchorena encargó el proyecto de su residencia al arquitecto francés Édouard Le Monnier.

La pareja pertenecía a la alta sociedad porteña y, por entonces, se encontraba viviendo en París junto a sus cuatro hijos. Desde allí siguieron el desarrollo de la construcción y eligieron buena parte del mobiliario y los elementos decorativos que vestirían los distintos ambientes.

La obra quedó terminada en 1909, pero ocurrió algo inesperado, sus propietarios nunca llegaron a instalarse en la mansión. Un accidente que sufrió Fernández en una de sus piernas habría complicado los planes de regreso de la familia a Buenos Aires. Aunque sus hijos visitaron el país en distintas oportunidades, preferían alojarse en el Hotel Plaza.

Así, durante años, el palacio permaneció sin sus dueños, aunque no completamente abandonado. El personal de servicio se ocupaba de mantener los ambientes, los muebles y los salones en condiciones, incluso cuando la residencia no tenía habitantes.

De residencia presidencial a refugio de la diplomacia vaticana

El primer gran cambio en la historia del inmueble llegó en 1922, cuando Marcelo Torcuato de Alvear fue elegido presidente de la Nación. El dirigente radical había regresado de Francia, donde se desempeñaba como embajador argentino, y encontró que la residencia presidencial de la Casa Rosada no estaba en condiciones adecuadas para instalarse.

Por ese motivo, alquiló el Palacio Fernández Anchorena, donde vivió junto a su esposa, la reconocida soprano Regina Pacini. Sin embargo, la experiencia duró aproximadamente un año: la mansión le resultó demasiado suntuosa y la pareja decidió mudarse a una residencia más modesta en Belgrano.

Tiempo después, la propiedad quedó en manos de Adelia Harilaos de Olmos, una de las mujeres más ricas e influyentes de la aristocracia argentina de aquella época. Viuda del empresario y exgobernador cordobés Ambrosio Olmos, se había convertido en una importante benefactora de la Iglesia Católica.

Harilaos de Olmos no solamente convirtió el palacio en su residencia, sino también en un espacio de encuentros sociales, políticos y religiosos. Durante su gestión recibió a importantes personalidades y puso la propiedad a disposición del Vaticano para acontecimientos de relevancia internacional.

Uno de los episodios más destacados ocurrió en 1934, durante el Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Buenos Aires. La aristócrata recibió allí al cardenal Eugenio Pacelli, enviado del Vaticano que años más tarde se convertiría en el papa Pío XII.

La donación al Vaticano y las visitas de Juan Pablo II

Adelia Harilaos de Olmos murió en septiembre de 1949, pero antes había dejado establecido el destino que tendría su residencia. En su testamento, firmado en 1947, dispuso que tanto el palacio como su contenido fueran donados a la Santa Sede, con la condición de que funcionara como sede de la Nunciatura Apostólica en la Argentina.

La voluntad se concretó en abril de 1952, cuando el edificio comenzó a funcionar oficialmente como representación diplomática del Vaticano y residencia del nuncio apostólico. Desde entonces, sus salones y habitaciones quedaron vinculados a la historia de las relaciones entre la Iglesia y el Estado argentino.

Uno de sus capítulos más recordados fue la llegada de Juan Pablo II. El pontífice polaco se hospedó en el palacio durante sus dos visitas al país, la primera, en junio de 1982, en plena Guerra de Malvinas, y la segunda, en abril de 1987.

Durante su primera estadía, el Papa salió a saludar desde el edificio a la multitud que se había congregado frente a la Nunciatura. Aquella imagen quedó entre los registros más significativos de su paso por Buenos Aires.

Cómo es por dentro el palacio donde dormirá León XIV

Más allá de su recorrido histórico, el Palacio Fernández Anchorena es una de las construcciones más llamativas de la avenida Alvear. El proyecto estuvo a cargo de Édouard Le Monnier, arquitecto francés que dejó una importante huella en la arquitectura argentina de principios del siglo XX.

El edificio responde a una estética de inspiración francesa, con elementos del estilo Luis XV, y se caracteriza por sus tres plantas, sus espacios de recepción y una ornamentación que conserva el espíritu de las grandes residencias aristocráticas de la época.

Entre sus principales atractivos se encuentra el hall central, con planta elíptica y columnas corintias, que conecta con una imponente escalera de honor. También cuenta con amplios salones, comedor principal, salón de baile y jardín de invierno.

En sus ambientes se destacan las arañas, los espejos, las molduras, las boiseries y distintos elementos decorativos que dan cuenta del lujo con el que fue concebida la residencia.

La fachada también tiene características particulares, presenta una logia curva en el acceso principal y un cuerpo cilíndrico coronado por una cúpula revestida en pizarra. En la parte posterior, el edificio se abre hacia jardines que descienden en dirección a la calle Posadas y están conectados mediante una gran escalinata.

La importancia de la construcción excede su valor arquitectónico. En 2002 fue declarada Monumento Histórico Nacional, un reconocimiento a su relevancia patrimonial y a su lugar en la historia de Buenos Aires.

FUENTE: El Destape

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