A mí me gusta traerlo a colación cuando escribo sobre el valor intrínseco de la Democracia. En la estructura eclesial, Roma es la palabra definitiva, en las sociedades democráticas, el pueblo es el soberano, el que manda, el que decide. Y se expresa a través del voto popular.
En la Argentina, en la provincia de Buenos Aires, el pueblo ha hablado. Y lo hizo con firmeza, sin titubeos, con una contundencia inusual y reveladora de un perturbador estado de cosas.
Si bien las mayorías populares son siempre circunstanciales y volátiles, al expresarse, dirimen los conflictos políticos e indican el camino a seguir.
Todos los bandos en pugna en la arena política intentan siempre, como punto de partida de su accionar, construir un relato, esa narrativa épica que todo lo explica y que oficia de elemento seductor para despertar ilusiones en los electorados.
Javier Milei irrumpió en la política argentina con la fuerza temeraria de un fenómeno exótico. Fruto de la desilusión general, se la apropió, y prometió quimeras, sin importarle la vulgaridad de los modos, ni la violencia de sus discursos. Una ciudadanía en shock, anestesiada por la suma de fracasos sucesivos, en un acto temerario, le abrió el paso a la primera magistratura de la Nación Argentina.
Con aires de fanático fundamentalista empujó deliberadamente al país a un tremendo pico inflacionario, a través de una megadevaluación de una magnitud que nadie habría sospechado. Este brote de inflación generado adrede, le permitiría justificar una política de ajuste salvaje, la más brutal conocida en democracia.
La clase política, abrumada por el reflejo de su propio fracaso, le abrió las puertas de par en par, y le ayudó, con sus más y con sus menos, a consumar el ajuste. Humillados e insultados, las “ratas”, la “casta”, toleró los escupitajos y desaires y le concedió las herramientas legales que les requería entre gritos y desdenes. La ley Bases cedió porciones enteras del poder parlamentario al Poder Ejecutivo. La vía del Decreto de Necesidad y Urgencia desnaturalizó la división de poderes y consiguió la adhesión suficiente de legisladores para sostener los vetos a sus decisiones, aún las más cuestionables.
El “establishment”, el “círculo rojo” y los medios de comunicación más poderosos de la Argentina consintieron y celebraron el ajuste. El descenso paulatino y sostenido de los índices de inflación, y una paridad cambiaria forzada fortificó el peso argentino, haciendo, de la noche a la mañana, de nuestro país, uno de los países más caros del mundo.
Se detuvo el tiempo. Por voluntad propia, el gobierno decidió gobernar sin presupuesto. Mucho más cómodo. Impedía que el manejo de los dineros públicos tuviera control previo y posterior del Parlamento nacional. Y las partidas se manejan discrecionalmente. Hemos naturalizado el disparate. Un gobierno que se gestiona sin presupuesto es una anomalía desproporcionada. No contar con la ley de leyes fue un artilugio básico de Milei para disponer a su antojo los dineros públicos. Nadie se escandalizó por ello. Nadie dijo que es imposible opinar sobre la correcta asignación de recursos estatales, sin tener un presupuesto discutido y aprobado. Es como una navegación sin brújula en una noche tormentosa.
En aras del moderno becerro de oro, el superávit fiscal, se le consentía a Milei cualquier exabrupto. Mientras tanto, a espaldas del gran público, Caputo empezó también a hacer sus pases de magia. Uno a uno fue sacando conejos de la galera, licitaciones de títulos públicos por aquí, REPO con los bancos por allá, deuda con organismos multilaterales por otro lado, acuerdos extraños con el FMI, etc.
Deuda, deuda y mucha más deuda es la consigna
Dejar un país empapelado de títulos y obligaciones incumplibles. Un plan de devastación sistemático similar al que los mismos personajes habían diseñado apenas seis o siete años atrás.
Pero el relato libertario seguía resonando repetitivo y altanero en las redes sociales. “Estamos ordenando la macroeconomía”, “el dólar se va a caer como un piano”, “si el dólar está barato, comprá campeón”, “el dólar flota”, “déficit cero”, “emisión cero”.
Todo este aparato propagandístico resonaba incesantemente. Mientras tanto, los economistas profesionales, ortodoxos y heterodoxos, advertían en vano las fallas sistémicas del programa económico. De ambos lados del mostrador cuestionaban la esencia del plan de Caputo y sus socios. Pero nadie quiere escuchar malas noticias.
Y Milei, menos todavía. Aquel que opinaba en contrario era un mandril, que debía ser sometido a sodomización y escarnio público. Todo entre aplausos y carcajadas obscenas de sus seguidores más marginales y abominables.
Sin embargo sucedió lo que debía suceder.
Realidad mata relato
La ficción es imposible de sostener con eficacia cuando colisiona frontalmente con la realidad.
En el caso argentino, la realidad chocó de frente con el relato y lo hizo mil pedazos.
El choque entre lo real y lo ficticio se produjo además en las vísperas mismas de un comicio electoral de gran importancia: Las elecciones legislativas de medio término en la provincia de Buenos Aires.
Emilio Monzó, amigo personal, y entendedor como pocos de los vericuetos de la política nacional, en especial la de su distrito bonaerense, ya el 16 de julio pasado, en un reportaje televisivo, anticipó un triunfo peronista en las elecciones de septiembre. Su convicción le llevó a apostar una comida con el periodista Ernesto Tenembaum que lo entrevistaba.
En un diálogo que mantuvimos, me dijo que Fuerza Patria ganaría en, al menos cinco de las ocho secciones electorales, dejando a la primera sección como una contienda un poco más discutida.
Su pensamiento no era intuitivo. Se basaba en el conocimiento del territorio y de los actores políticos. El “armado” de alguna manera indicaba un resultado.
Por mi parte fui desgranando, semana a semana, en estos artículos, una serie de hechos que, sumados, daban por sentado que el gobierno llegaba a estas elecciones en las peores condiciones políticas, sociales y económicas desde su asunción.
Políticamente, las peleas internas en el corazón del poder, se hicieron públicas.
Las listas de candidatos dejaron un tendal de resentidos y las facciones marginales se enfrentaban a cara descubierta con métodos vulgares. El desprecio hacia aquellos que se habían acercado a colaborar con su gestión fue evidente y ridículo. Se maltrató por igual a gobernadores y parlamentarios. Los Macri, socios decisivos en la construcción del acceso al poder, fueron humillados, y se les negó hasta el saludo. Luis Juez, que los ha acompañado en cuanta votación le fuera requerido, fue atacado personalmente con una bajeza inconcebible. Sebastián Pareja y los Menem, con la aquiescencia directa de Karina Milei, el “Jefe”, pasaron a tener la exclusividad de las decisiones políticas y ejercieron ese poder con una soberbia e ineptitud notables.
Económicamente, como consecuencia de errores directos, no forzados, del propio equipo económico, la situación se desbarrancó completamente.
Erradas decisiones confluyeron para acelerar una crisis, que, a mi juicio, era de todos modos inevitable.
En primer lugar decidieron no comprar reservas en el momento en el que debieron hacerlo. El dólar estaba en la parte baja de la franja de flotación, y, a pesar de todas las advertencias que se les hizo, no compraron. Lo harían solo cuando la divisa norteamericana tenga una cotización inferior a los $1.000, ya que, al decir presidencial, se “iba a caer como un piano, a menos de $600”. Obvio decir que esta profecía nunca se cumplió.
En segundo lugar decidieron desarmar las LEFI, de una manera ridículamente inoportuna y poco profesional, generando una abrupta incorporación de liquidez.
En tercer lugar, para contener esa liquidez, y mantener el dólar anclado, convalidaron tasas de interés real inusuales, las más altas en décadas. Esta suba enloquecida de las tasas de interés impactó de inmediato en la actividad real generando una aguda recesión que termina de golpear una economía maltrecha.
En cuarto lugar, cuando, a pesar de las tasas absurdamente altas, los mercados siguieron ejerciendo presión alcista sobre la moneda norteamericana, anunciaron que intervendrían en el mercado cambiario, dejando de lado la ortodoxia y poniendo al descubierto la endeblez de la situación. Los mercados olieron el miedo, y las acciones argentinas empezaron un camino descendente. Ante la propia torpeza, los economistas del gobierno solo atinaron a excusarse hablando del “riesgo cuca ”. Ridículo, por donde se lo mire.
Lo más grave es que, mientras los diarios y el equipo económico miran la pizarra de los mercados, a sus espaldas la economía real se desploma y ellos continúan imperturbables. Cierre de fábricas, caída del consumo de pan en un cincuenta por ciento, desplome de ventas en comercios, etc., son un grito de angustia reprimido que se vislumbra a lo largo del territorio nacional sin que nadie ponga el grito en el cielo contra los culpables de tanto descalabro.
Socialmente la situación no puede ser peor.
El gobierno se ha enfrentado frontalmente con cuanto colectivo social existe. Empezó con la cultura, despreciando a los artistas y etiquetándolos con adjetivos desdorosos. Siguió con la educación pública, a la que denostó y desfinanció. No trepidó en avanzar groseramente contra nuestro sistema de salud pública, uno de los más importantes del mundo, atacando sus presupuestos, agraviando a los profesionales médicos, y a instituciones sanitarias de prestigio internacional como el Hospital Garrahan. Acusó a los homosexuales de pedófilos. Destruyó la Obra Pública incrementando furiosamente los niveles de desocupación en el sector y propiciando una desinversión en infraestructura nunca vista. Y se ensañó con los periodistas ufanándose con locura de una frase que se blandía como consigna de lucha: “No odiamos lo suficiente a los periodistas”. Y ya en el colmo de los colmos, decidió emprenderla contra el sector de las personas con discapacidad. La crueldad con que lo hicieron resulta indignante, y nos explica de por sí, la paupérrima condición moral que caracteriza a quienes nos gobiernan.
Irrumpió el fantasma de la corrupción
Como cereza del postre, haciendo su entrada triunfal en el último acto de esta tragicomedia malsana, irrumpió el fantasma de la corrupción, mostrándose sin pudores y con impudicia.
Si bien lo corrupto estuvo ya incorporado en la génesis de la ascensión al poder de Milei, (financiamiento de campaña tan o más cuestionable que el de los partidos más tradicionales), con aviones privados y hoteles de lujo enteros a su disposición, cuyos dueños se verían muy favorecidos por el futuro presidente, la secuela fue in crescendo. De las tibias sumas solicitadas a un orfebre y las compras de candidaturas o la exigencia de remesas de dinero exigidas a las personas que designaban en el sector pública, se fue pasando inexorablemente a todo tipo de escándalos, que fueron estallando, primero a cuentagotas, y sobre el final, de manera explosiva.
El caso $Libra y los audios de Spagnuolo explotaron y mancharon de corruptela para siempre la gestión de Javier Milei.
Son episodios que se recordarán en la historia argentina, al lado de los bolsos de López y otros casos similares. Al ser expuesta la corruptela propia, de una manera tan pública, los hermanos Milei y los primos Menem, se quedaron sin palabras. Su silencio implicó admisión de culpabilidad.
Spagnuolo nunca fue desmentido. En un manotazo de ahogado consiguieron que un juez muy cuestionado les concediera un recurso judicial para que se prohibiera la difusión de los audios al periodismo. Inconcebible. Si nada tienen que ocultar, ¿por qué tanto ahínco en impedir la difusión de las grabaciones?
Adicionalmente, en un acto de torpeza que colinda con lo estrafalario, la Ministra de Seguridad presentó una peligrosa denuncia judicial requiriendo allanamientos en los domicilios de los periodistas que dieron a conocer la notica. El escrito judicial presentado por Patricia Bullrich es de un contenido antijurídico esencial, amén de contener una argumentación fantasiosa insostenible para nadie que tenga dos dedos de frente. Una vergüenza total. Censura previa, avasallamiento de la libertad de prensa y la libertad de expresión, intimidación expresa a la prensa libre, en fin, todo un compendio de mamarrachos inexcusables.
Domingo 7 de septiembre
En ese contexto llegamos este domingo 7 de septiembre a las elecciones legislativas en la provincia de Buenos Aires, elección nacionalizada por decisión y voluntad del propio Milei, que encabezó la campaña y le asignó un rol decisivo para el futuro de su gobierno.
Era muy lógico y previsible entonces que pasara lo que pasó, que el gobierno sea derrotado por paliza en el distrito electoral más grande de la República.
Pero, si era tan obvio, si Monzó te lo había anticipado, ¿por qué no lo escribiste con antelación? ¿por qué no te animaste a decirlo antes, como lo dijeron Nancy Pazos o Jorge Asís?
Pues no lo hice, porque lo que hemos vivido estos casi dos años de gobierno de Milei es tan bizarro, tan loco, que tenía miedo de equivocarme feo y no estar entendiendo el sentir de la gente.
Tanta primacía de la posverdad sobre la realidad, tanto imperio del relato por encima de lo verdadero, me hacían dudar de la evidencia que mis propios escritos transmitían.
Objetivamente sostuve que Milei es un pobre hombre desquiciado, con traumas evidentes que no puede ocultar, desposeído de la templanza necesaria para el ejercicio de su cargo, rodeado de personajes impresentables y traidores consuetudinarios, jactándose de ser cruel y poseedor de un discurso de odio insoportable y repugnante.
Pero, contra esa visión objetiva, veía empresarios de fuste, periodistas renombrados, y a personajes conocidos, aplaudir con fuerza cuanta insensatez decía o hacía Milei y su Corte estrafalaria. No faltaban encuestadores que pronosticaban sin pudor una victoria abrumadora de La Libertad Avanza, y la mayoría hablaba de “empate técnico”.
¿No sería yo el equivocado, mi pensamiento el de un anticuario de las buenas maneras, ya extintas?
Por eso, en una combinación de apelación a la razón y el corazón, solo me atreví a pedir que no se vote por los candidatos de Milei. Era casi una exhortación, a modo de súplica, de un retorno a lo racional y al equilibrio emocional.
El pueblo votó y nos dejó atónitos. Lo hizo con una claridad que no deja dudas. Está el pueblo harto de Milei. Ningún otro análisis es posible. No hay coyuntura que lo explique, es simplemente hartazgo en estado puro.
Luego será el momento de estudiar pormenorizadamente los componentes de ese hartazgo, pero el quite de confianza al gobierno expresado en estas elecciones es clarísimo.
Con honestidad total creo que, como pasó ya en Corrientes, la gente está cansada del ajuste sin sentido y de las privaciones que está padeciendo, y ha elegido votar no a un partido, sino a aquellos que representen en cada geografía la posibilidad más exitosa de ganarle a Milei.
La victoria circunstancial no debe ensoberbecer a los triunfadores, tienen que entender que, más que un premio a su construcción política, son los recipiendarios secundarios de un voto cuya principal motivación era castigar a Milei y mandarle un claro mensaje de que debe cambiar todo, conducta, personas y gestión política y económica.
Pero difícilmente este muchacho, encerrado en el laberinto de sus propias angustias existenciales, esté en condiciones de entender el mensaje del electorado.
Por el contrario, ya sus primeras y vacilantes intervenciones lo muestran atrapado en la telaraña de su entorno, llegando al ridículo de armar una mesa de conducción política, justamente integrada por todos y cada uno de los actores principales del fracaso estrepitoso que les acaba de acontecer.
Un Presidente destrozado en una contienda electoral por una inesperada paliza que ni propios ni extraños se atrevían a vaticinar, se limita a decirnos que ratifica el rumbo y respalda a los mismos personajes que lo llevaron a la derrota. El hecho es tan tonto que Ricardo López Murphy, que no se caracteriza por su sentido del humor, en un breve tuit se mofó con elegancia de esa mesa de conducción, donde nada cambia, para que nada cambie.
La tremenda incompetencia política del elenco que integra esa “Mesa de Conducción Política”, asusta. Sus integrantes son exactamente los mismos que han logrado disociar al gobierno de toda posibilidad de diálogo, mintiendo, insultando y “ninguneando” especialmente a todo aquel que se acercaba a ellos con intención de ayudarlos.
Uno de los atributos básicos que debe tener alguien a quien se le encomienda una negociación política es la credibilidad. Y esta gente ha perdido toda credibilidad.
Las declaraciones públicas de los gobernadores en ese sentido, son lapidarias.
Gustavo Saenz, gobernador de Salta, dijo ayer expresamente: “Lamentablemente este gobierno nacional, ya para mí no son leones, sino palomas de iglesia, lo único que han hecho es cagar a los fieles”, “Imagínense que yo me voy a sentar en una mesa a hablar con los mismos de siempre, con los que no cumplieron su palabra, con los que nos traicionaron”. Ratifica que su actitud de colaboración con el gobierno nacional, acompañado por los gobernadores de Misiones, Tucumán, y muchos otros nunca fue correspondida. Y se queja de que, tras el resultado electoral del domingo, Milei parece no entender el mensaje que le envió el electorado. “No cambia nada, y yo me tengo que sentar a hablar con aquellos que me vinieron mintiendo hace más de un año, que me vinieron engañando, que me subestimaron, que me usaron…”.
Con distintos matices, pero con idéntica crudeza, se expresaron en términos similares los gobernadores de Tucumán, Osvaldo Jaldo, de Corrientes, Gustavo Valdez, y Maximiliano Pullaro, gobernador de Santa Fe.
El descrédito y la desconfianza de todo el arco político, sin distinciones partidarias, en relación a los miembros de esa “Mesa de conducción política” de Milei es absoluto.
Todos y cada uno de aquellos actores que, por algún tipo de conveniencia o afinidad política, se acercaron a Milei fueron mal tratados. Se les mintió reiteradamente, no se los escuchó jamás, se los subestimó y fueron inclusive en muchas ocasiones, objeto de desprecio e insultos.
En medio del febril vértigo de sucesos que nos conmocionan a diario, no podemos soslayar lo acontecido en el Senado Nacional, hace apenas unos pocos días.
Con el voto de 63 Senadores contra 7, se rechazó el veto presidencial contra la ley de Emergencia de la Discapacidad.
Está claro que no hay 63 Senadores kirchneristas. Para lograr ese número era necesario que confluyera una voluntad multipartidaria formidable, consistente, decidida. Se arribó a una votación tan espectacular, porque el tema era ya casi inverosímil. Nadie, ni propios ni extraños, pueden entender esa obcecación cruel y tonta en mantener una batalla campal para aniquilar los derechos de uno de los sectores sociales con mayores necesidades y angustias. Por eso, los Senadores acostumbrados a acompañar al gobierno en votaciones muy duras, esta vez decidieron, muy racionalmente, votar en contra de Milei.
Cualquier persona normal hubiera visto en este hecho una advertencia que le obligaría a corregir el camino. No es el caso de Javier Milei, llegó a decir que “judicializaría la decisión del Congreso Nacional” y que resistiría cumplir la ley sancionada y ratificada con mayorías aplastantes de más de dos tercios por ambas cámaras.
Cuando el Presidente habló este domingo, en su bunker de campaña, al conocerse los resultados electorales, dijo que asumía una derrota y formularía una autocrítica. Pero a continuación, inexplicablemente, ratificó el rumbo de su gestión.
Es hacer oídos sordos a un clamor popular expresado con estridencia.
Pero Milei no puede hacer otra cosa que precipitarse al vacío. Tiene una clara distorsión de la realidad. No ve, ni quiere ver lo que pasa en el país. Su dependencia psicológica en relación a su hermana Karina, le impide tomar la decisión elemental de marginarla de las decisiones de gobierno. Ella es la sindicada por la aureola de corrupción y por el descontrol político de sus huestes. Sin embargo, se hundirá con ella, en un pacto suicida extravagante.
No entiende ni entenderá jamás lo que está pasando. El pueblo está harto, y quiere cambios. Cambios urgentes. Quiere notar mejorías concretas en su calidad de vida. Quiere que el rumbo se rectifique, no que se profundice.
Nadie puede enamorarse del ajuste. Llevamos dos años de tremendos sacrificios y la situación está cada vez peor.
Hay una sociedad crispada, angustiada, que exige y reclama cambios. No aguanta más. Hasta aquí llegamos.
Eso es lo que el pueblo ha dicho este domingo en alta voz. No hay algo más sencillo de entender que esto. No busquemos interpretaciones epopéyicas, ni rebuscadas explicaciones.
¡Estamos hartos de Milei, su hermana y sus locos seguidores!
Nos cansamos del insulto y la hipocresía de una moralina falsa que ha sido descubierta in fraganti. La Democracia se ha expresado. Quiere que Milei cambie. Cambie su gabinete, su entorno y sus políticas.
Javier Milei, encerrado en los límites de una personalidad enferma, no quiere escuchar la voz del pueblo. Por naturaleza y esencia, como el escorpión, amenaza con seguir y defender “con uñas y dientes” su derrotero insoportable. Esta persistencia tenaz en el error puede conducirnos a males mayores.
A la vuelta de la esquina, pero en un horizonte cronológico a la vez cercano y remoto, aparece una nueva oportunidad de que el pueblo se exprese. El 26 de octubre se vota de nuevo, esta vez en todo el país.
Quiera Dios que Milei recapacite y entienda. Quiera Dios que la oposición comprenda que no ha sido bendecida, por ahora solamente está claro que Milei ha sido castigado.
*Sisto Terán Nougués