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Periodismo...Rodolfo Walsh tenía razón: ¿Seremos libres o seremos una farsa?

Cada vez hay más desafíos en el periodismo para informar con libertad en tiempos de IA, desinformación y crecientes presiones sobre la prensa.

"El periodismo es libre o es una farsa". Permítanme iniciar esta reflexión con la famosa frase atribuida al célebre Rodolfo Walsh, que, para mí, resume a la perfección las tensiones constantes por las que atraviesa el periodismo, tensiones que hoy se multiplican por la irrupción de la IA, las fake news, la precarización, el pseudoperiodismo militante y la pérdida de fidelidad de las audiencias. Una ensalada que el Gobierno sazona con la destrucción del Estatuto que protegía a los profesionales de la información frente a las pretensiones de los poderosos.

Estoy convencido (y sé que no soy el único) de que el ejercicio del periodismo independiente es fundamental para la vida democrática de un país. Tal condición lo convierte en el primer blanco a destruir por los regímenes autoritarios, dictatoriales o totalitarios. La forma en la que las personas en el poder se vinculan con la prensa refleja sus verdaderas intenciones. Los gobiernos que fomentan la libertad de informar y, por extensión, garantizan el derecho de la sociedad a estar informada, son por lo general gobiernos transparentes, cercanos a sus pueblos, críticos de sí mismos y respetuosos de las instituciones. Por el contrario, aquellos que hacen de la censura, la agresión constante y la descalificación su modus operandi, proponen modelos opacos que responden a intereses de grupos minoritarios pero poderosos.

Los primeros son casi una utopía; de los segundos, abundan en todo el mundo y provienen de todos los colores políticos. En ellos, es frecuente que el pedido de obediencia hacia todos los integrantes del partido gobernante se externalice hacia el resto de la sociedad a través del dominio de la conversación pública y la represión. La estrategia es clara: acallar la crítica para dominar a las masas y eliminar cualquier capacidad de razonamiento en contrario. Es allí donde nuestra profesión resulta molesta, incomoda, hostil. Al igual que las universidades, el periodismo es capaz de problematizar, de fomentar el pensamiento crítico y destruir relatos, y eso nos convierte en “enemigos” para ciertos sectores. Fundamentalmente para aquellos que pretenden imponer una visión uniforme de la realidad.

Esto que digo de ningún modo es algo novedoso. El periodismo es, por esencia, una profesión inherentemente sujeta a presiones de los poderes políticos y económicos. Sabido es que algunos sucumben rápidamente a estas presiones (algunas veces solo se requiere de la aparición del algún sobre) y se convierten en voceros del poder; en soldados en una batalla por controlar la narrativa. No debemos sorprendernos por ello, ya que del mismo modo que hay buenos y malos abogados, buenos y malos médicos, existen, existieron y seguirán existiendo aquellos que de la ética profesional solo conozcan el título.

Y aunque a muchos hoy les parezca difícil de admitir, créanme que no son mayoría en nuestro universo (ni por chiste alcanzan el 95 %). Todavía existen muchos que realmente están comprometidos con la construcción de una ciudadanía responsable e informada. Somos muchos los que creemos que el ejercicio del periodismo nos demanda una enorme responsabilidad.

El grandioso Eloy Martínez definió, con mucho acierto, que el periodismo es un acto de servicio a los demás. Cumplir con esa misión nos exige, primero, recuperar la credibilidad y la confianza de aquellos a los que debemos servir. En estos momentos en donde la IA y los algoritmos marcan el ritmo de nuestras vidas, quizás sea prudente desempolvar los viejos manuales y poner en práctica nuevamente los “verbos capitales del periodismo”. No hay dudas de que el futuro de nuestra profesión ya comenzó a definirse hace rato. Depende de nosotros decidir cómo vamos a enfrentar el camino que tenemos por delante. ¿Seremos libres o seremos una farsa?

*Martín Sémola, periodista de LV12

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