Según un nuevo estudio, hacer ejercicio podría alterar nuestra relación con la comida de manera sorprendente benéfica. El estudio revela que los novatos del ejercicio experimentan menos antojo por la comida que engorda, lo que podría repercutir en el control del peso. Sin embargo, el estudio también muestra que cada persona responde de manera muy diferente a la misma rutina de ejercicios y a los mismos alimentos, lo que indica las complejidades de la relación entre la comida, la alimentación y la pérdida de grasa.
El control del peso es un factor que motiva a muchas personas a hacer ejercicio. No obstante, los efectos de estos no son claros ni coherentes. Los estudios científicos exhaustivos nos dicen que algunas personas perderán una porción considerable de grasa corporal cuando empiezan a hacer ejercicio, otras subirán de peso y la mayoría bajará algunos kilogramos, aunque muchos menos de los que esperaban dada la cantidad de calorías que están quemando al ejercitarse.
La mayoría de esos estudios analizaron las preferencias de hombres y mujeres cuya condición física ya era buena o mala. No examinaron si alterar los hábitos de ejercicio también transformaría su relación con la comida. Por lo tanto, para el nuevo estudio, que se publicó en noviembre en la revista Medicine & Science in Sports & Exercise (Medicina y Ciencia en Deportes y Ejercicio), los investigadores de la Universidad de Leeds en Inglaterra evaluaron a un grupo de hombres y mujeres sedentarios sobre cómo se sentían con respecto a la comida y pedirles que empezaran a ejercitarse.
Para el estudio reclutaron a 61 voluntarios, la mayoría de los cuales eran sedentarios y de mediana edad, todos tenían sobrepeso u obesidad. Los participantes del estudio completaron cuestionarios detallados y pruebas en línea sobre sus preferencias y conductas alimentarias. Después, se les pidió a 15 de ellos que siguieran con sus vidas normales para que fueran su grupo de control, mientras que los otros 46 empezaron a hacer ejercicio con aparatos en un gimnasio de la universidad cinco días a la semana de 45 a 60 minutos o hasta que quemaran casi 500 calorías por sesión. Continuaron con este entrenamiento durante doce semanas, y podían comer lo que quisieran en casa.
Luego, todos regresaron al laboratorio para pesarse y repetir las pruebas originales. La mayoría de los participantes que hicieron ejercicio, pero no todos, bajaron algunos kilogramos, mientras que los integrantes del grupo de control habían subido de peso. Los hombres y las mujeres en el grupo de control tampoco manifestaron un gran cambio en su relación con la comida. Pero entre los que se ejercitaron, en términos psicológicos, manifestaban menos “antojo” por los alimentos que engordan.
En conjunto, estos resultados indican que, además de mejorar nuestra salud, “el ejercicio quizá mejora nuestra conducta alimentaria y los hábitos de usar la comida como recompensa, que se relacionan con la predisposición a consumir en exceso”, dijo Kristine Beaulieu, investigadora y nutricionista de la Universidad de Leeds, que dirigió el nuevo estudio.
En otras palabras, hacer ejercicio durante un tiempo podría impulsarnos a reconsiderar el tipo de alimento que queremos comer. No obstante, los investigadores no monitorearon lo que los voluntarios decidían comer en casa, así que no saben si sus hábitos alimentarios cambiaron en la vida real. Tampoco saben si los resultados serían diferentes si la gente probara con otros tipos o cantidades de ejercicio ni cómo el ejercicio en este experimento afectó las preferencias alimentarias, aunque sospechan que cambió el funcionamiento de ciertas partes del cerebro que regulan la conducta alimentaria.

