Habiendo perdido a su esposo a los siete meses de matrimonio, Marcela rechazó la proposición del cónsul Cereal y decidió dedicar su vida al servicio de Dios. Pronto otras damas la imitaron y al poco tiempo Roma presenció la formación de varias comunidades femeninas dedicadas a la oración y a la caridad. Santa Marcela murió el año 410 cuando los godos saquearon a Roma.
Hoy celebramos a Santa Marcela, una dama de la alta sociedad italiana que perteneció al círculo de San Jerónimo, el cual escribió una larga serie de epístolas que no sólo nos revelan la historia de esta gran santa, sino que también evidencian la importancia que él le dio a Marcela en la comunidad de Roma. Con un gran amor por los idiomas y las traducciones, los estudios bíblicos y la teología y su vida ejemplar en la experiencia de la virtud con los más necesitados, a ella se le atribuye la fundación del primer convento de la iglesia occidental.
Corazón abierto, casa abierta
Marcela creció en Roma con su madre Albina, una mujer piadosa y educada que con su ejemplo despertó la virtud de la hospitalidad en el corazón de Marcela siendo ésta aun muy pequeña. Fue precisamente un momento que nunca olvidó cuando su madre le ofreció alojamiento a Atanasio, uno de los más grandes teólogos de la iglesia primitiva y patriarca de Alejandría que, luego de haber sido exiliado por sus enemigos, se presentó en la casa de Albina donde fue cálidamente recibido. De esa experiencia Marcela grabó recuerdos de historias de milagros que escuchaba en las conversaciones asociadas a los monjes del desierto, especialmente a San Antonio. De hecho, cuando Atanasio se marchó para volver a Constantinopla dejó como regalo su libro sobre la vida de aquél santo.
Años más tarde Marcela, como su madre, tuvo la oportunidad de poner en práctica la hospitalidad en su mansión de Aventino que sirvió de refugio para los pobres y los estudiosos, entre los cuales uno de los visitantes más famosos fue el reconocido maestro de las Escrituras San Jerónimo.
Para esa época la mayor parte del Antiguo Testamento se encontraba escrita en hebreo, y todo el Nuevo Testamento en griego. Por eso, el Papa Dámaso le encargó a Jerónimo la tarea de elaborar una traducción revisada de toda la Biblia a la lengua latina. Y así fue que tras organizar el alojamiento, Marcela le brindó un lugar en su casa para que Jerónimo pueda trabajar tranquilo quedándose allí durante tres años en lo que él llamó su “iglesia doméstica”, haciendo la traducción de la Biblia al latín hasta el momento de cumplirse su regreso al monasterio en Jerusalén.
Esta pequeña obra de amor de Marcela dio abundante fruto, ya que fue en su casa donde se realizó la producción de la versión de la Biblia que con los años sería la más divulgada durante la Edad Media (por eso se la llamó Vulgata) y leída en la Iglesia Católica Romana durante siglos. Es más, cuando la reforma protestante abandonó el latín para la liturgia en el siglo XVI, la Iglesia Católica continuó utilizando este texto para todo tipo de celebración litúrgica hasta que las disposiciones del Concilio Vaticano II promovieron el uso de las lenguas vernáculas.
Académica bíblica y traductora
Pero además de ser una atenta anfitriona, Marcela fue también una editora astuta y crítica de la traducción que Jerónimo hacía de la Biblia, poniendo en práctica el buen uso de su conocimiento del griego y el latín, ofreciéndole su ayuda y aprendiendo con él.
Jerónimo llegó a Roma en el año 382. Fue un momento emocionante para Marcela porque ella era una mujer preparada que pudo aprender mucho bajo su enseñanza incluso mientras criticaba su traducción, ya que tenía una perspicacia intelectual colaboradora con su “crítica constructiva” en la que no aceptaba simplemente las explicaciones, sino que como más tarde Jerónimo explicó, “proponía preguntas sobre su trabajo e incluso lo contradecía no con ánimo de generar discordia, sino para que cuestionando, pueda aprender las objeciones que podrían presentarse”.
Muerte y legado
En el año 410, los bárbaros enviados por Alarico I llegaron para saquear Roma e irrumpieron en la casa de Marcela exigiéndole sus joyas y riquezas ocultas, pero ella ya lo había dado todo a los pobres y vendido para financiar sus obras de caridad. Sin creerle, los soldados la torturaron y murió al día siguiente a causa de las heridas teniendo 85 años de edad.
Siempre se dijo que su tumba se encuentra en la Iglesia de Santa María Magdalena ubicada en Roma frente a la plaza homónima en el rione Colonna. En dicha iglesia también se encuentran los restos de San Camilo de Lelis, junto a la tumba de Maximino de Aix y la de la propia María Magdalena.
Fuentes aica.org y/mujercatolica.com

