El conjunto tucumano entendió rápidamente qué encuentro debía disputar. Sin desesperarse cuando el local intentó imponer condiciones en el arranque, apostó al orden, a la presión en la mitad de la cancha y a aprovechar los espacios que aparecieran. Así encontró el premio a los 24 minutos del primer tiempo, cuando Bruno Cabrera apareció en el momento justo para definir con categoría y establecer el único gol de la tarde.
Con la ventaja a su favor, San Martín mostró una de las principales virtudes que viene exhibiendo a lo largo del campeonato: la solidez colectiva. La última línea respondió cada vez que Patronato intentó acercarse al arco defendido por Nahuel Manganelli, mientras el mediocampo redobló esfuerzos para cortar los circuitos de juego del conjunto entrerriano.
En el complemento el desarrollo cambió. Patronato adelantó sus líneas, asumió riesgos y obligó al Santo a replegarse varios metros. Sin embargo, lejos de perder el orden, el equipo tucumano sostuvo la intensidad, ganó la mayoría de los duelos individuales y administró la ventaja con inteligencia. Los cambios le aportaron aire fresco para afrontar los minutos finales, en los que el local empujó con más ímpetu que claridad.
El pitazo final encontró a los jugadores de San Martín celebrando una victoria tan trabajada como merecida. Porque supo golpear cuando tuvo la oportunidad y porque, una vez arriba en el marcador, defendió la diferencia con personalidad y oficio.
Más allá del resultado, el Santo dejó una señal alentadora. Ganó fuera de casa, mostró carácter en un escenario exigente y volvió a confirmar que tiene argumentos para ser protagonista hasta el final del torneo. En una categoría donde cada punto cuesta demasiado, el triunfo en Paraná puede transformarse en uno de esos resultados que fortalecen tanto en la tabla como en lo anímico.