En medio de tanta penumbra, los colores los aportó un chico de las inferiores. Por primera vez, Tomás Aranda jugó más de media hora en el primer equipo. De 10 clásico, se encargó de filtrar pases para Merentiel y, sobre todo, Bareiro. Tuvo, además, cuatro chances, alguna clarísima, para poner el 2-1 en el marcador. Lo elogió hasta un campeón del mundo como Paredes: “El chico lo hizo bien y fuimos mejores”. Pese a su corta edad, Aranda nunca tuvo miedo y pidió siempre la pelota. Aún cuando el balón quemaba.
La irrupción del juvenil, el regreso de Paredes, la potencia de Merentiel y Bareiro o la vigencia de Blanco -el mejor de todos- no alcanzan para que Boca siquiera empiece a carretear. Al equipo xeneize le falta seguridad en sí mismo. Identidad. Y también una cuota de suerte, porque sufrió un gol de pelota parada (por esa vía le convirtieron 17 de los 25 goles en contra en el ciclo Ubeda) en uno de los pocos ataques realmente a fondo del equipo mendocino. Y porque tampoco ligó cuando atacó.
Este Boca, uno de los planteles más caros del fútbol argentino, no le alcanza con merecer la victoria. O incluso justificarla. Precisa los tres puntos con urgencia. Y el tiempo corre. Ahora le toca visitar al recampeón de América. A Lanús. No será nada fácil.
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FUENTE: La Nación