El próximo gobierno se parará casi indudablemente en la vereda de las derechas. Eso sucederá a despecho de que Jeannette Jara, la candidata oficialista y muy moderada comunista o ex comunista, se imponga eventualmente en la primera cita como pronostican esos sondeos.
La segunda vuelta, que aparece inevitable, es la que definirá al nuevo presidente y ahí se acumulan derechistas centristas, conservadores ortodoxos liberales y libertarios iliberales. No tendría por lo tanto oportunidad la ex ministra de Trabajo del saliente presidente Gabriel Boric, aun pese al apoyo que le ha brindado la centroderecha de la Democracia Cristiana.
Hay otras seguridades que pueden descontarse, más allá de las incógnitas sobre la profundidad y dinámica de los cambios que vienen. Esta es la primera presidencial de voto obligatorio en la historia chilena y traerá a las urnas a más de 5 millones de electores nuevos no necesariamente politizados, que según los analistas podrían volcarse por una vía moderada.
No sería la de Jara, pero tampoco la de su principal rival, el conservador liberal, José Antonio Kast o quien, afirman los sondeos, iría detrás de él, el trumpista libertario Johannes Kaiser. En ese paisaje, entonces, quizá tendría oportunidad Evelyn Matthei, figura de la derecha clásica chilena, al estilo del fallecido Sebastián Piñera, pero a quien las encuestas entierran en el cuarto lugar. Especulaciones.
Fuera de esa contienda de fondo, hay otro escenario importante poco visitado: el Congreso. Ahí no hay balotaje. Es muy probable que este domingo se conforme un Parlamento sin precedentes desde la caída de la dictadura de Augusto Pinochet con presencia dominante de las alas derechistas. Se renueva la totalidad de los 156 escaños de Diputados y la mitad del Senado, 23 de 50 bancas. Diez de esas bancas de la Cámara alta las ocupan legisladores de centroizquierda y 13 de la centroderecha.
Las brochures de análisis de los grandes bancos, que escarban en el escenario para aconsejar a sus clientes, sostienen que un Congreso fragmentado ha limitado las agendas de reformas liberales independientemente de la afiliación política del presidente. El Scotiabank, en ese sentido, afirmaba ya semanas atrás que las elecciones municipales del año pasado, donde hubo fuertes avances de la derecha, “señalaron una posible reconfiguración a nivel parlamentario este domingo. Esto podría otorgar a la centroderecha una mayoría absoluta en la Cámara de Diputados, un hecho sin antecedentes en la era democrática posterior a 1990”.
El pronóstico marcaba que esas formaciones obtendrían no menos de 50% de los escaños en Diputados. No estaban solos en esa visión. En Polymarket, el mercado de predicciones de criptomonedas en Manhattan, los contratos para una victoria de la derecha en las presidenciales se negociaron con una prima significativa, es decir confianza del mercado en ese resultado.
El mismo efecto se notó en el índice bursátil IPSA de Chile, que experimentó un repunte extraordinario este año, alcanzando los 9.000 puntos por primera vez en septiembre. El JP Morgan también subraya la importancia de la reconfiguración parlamentaria: “En tal caso, las políticas macroeconómicas ortodoxas presentadas por los dos principales candidatos de derecha -dice- probablemente tendrían menores riesgos de ejecución e implementación”. Se refiere a Kast y a Matthei.
Esta descripción no significa que Chile se encamina a un giro de trapecio desde la izquierda a la derecha como se suele simplificar. Boric no ha sido un peligro para el sistema de acumulación chileno. Es más bien un socialdemócrata pragmático. Condición que expuso ampliamente en noviembre de 2019 cuando, en plena crisis por las protestas callejeras que acosaban al gobierno de Piñera, negoció por su cuenta con la pinochetista Unión Democrática Independiente para abrir la salida a una nueva Constitución antes que las cosas se fueran de control.
La cuestión principal sobre el gobierno saliente no es tanto ideológica, sino de eficiencia, capacidad de organización y liderazgo. Boric se consolida en aquella gran rebelión urbana que, aparte del griterío de las minorías de izquierda, exponía la demanda de las capas de clase media que no iban contra el sistema y reclamaban en cambio y posiblemente en vano, la modernización del capitalismo chileno atorado en una extraordinaria desigualdad. Boric, por inexperiencia, confusión o incapacidad, fracasó en satisfacer ese reclamo.
Su fallido más estridente fue el incumplimiento del compromiso de dotar al país de una nueva Constitución que relevara a la heredada del pinochetismo. Esa alternativa había entusiasmado de tal modo que inicialmente contó con un masivo apoyo de 80% de la población, pero el respaldo fue menguando desnudando defectos graves en el proyecto.
Los partidos de centroderecha y de centroizquierda obtuvieron una representación mucho menor a la esperada en la redacción. Los independientes, que habían logrado un amplio bloque, reflejo del repudio a la política tradicional, se disolvieron. Quedó todo en manos de una pequeña secta ideológica. Boric, en lugar de distanciarse, respaldó esa iniciativa extravagante que anulaba el Poder Judicial y cancelaba 200 años de vigencia del Senado. Si se buscara un valor simbólico de ese derrape, hasta la hija de Salvador Allende, la senadora Isabel Allende, prima de la escritora, repudió el resultado.
El intento por derecha posterior que encabezó Katz copiando literalmente la Constitución pinochetista, tampoco tuvo suerte. Es decir, las condiciones del '19 se mantenían. Boric se va con esas dos oscuridades, la propia y la ajena. No es la única mancha.
Además de los casos de corrupción que estallaron en su gobierno, la realidad social deja un balance polémico. El ingreso mensual en Chile, de 554 dólares, está por debajo de la línea de pobreza. El desempleo alcanza 9% general, pero crece al 22,3% en el nivel juvenil. Al mismo tiempo, aumentó 8% la cantidad de gente que depende del sistema médico público, casi 2,7 millones de personas. Una cirugía dentro del esquema público GES (Garantías Explícitas en Salud) puede demorar hasta 400 días.
Es por eso que hay fuertes dudas sobre el fallo de las encuestas que coloca a un oficialismo muy desgastado en el primer lugar para estos comicios. Algo no encajaría.
Hay otros problemas de los cuales el gobierno saliente tiene responsabilidades que puede discutir, como la enorme migración en Chile de personas que huyen de la dictadura venezolana o de países en coma como Haití, y la delincuencia callejera creciente. Los partidos más hacia la derecha vinculan esos dos fenómenos en la misma línea argumental que sus primos europeos o del trumpismo para usar a los migrantes como herramienta xenófoba de campaña.
Pero mientras Boric al revés de otras dirigencias del llamado campo progresista, ha tenido claro que la inflación o los rojos fiscales son un problema a combatir, no ha mostrado la misma claridad para colocar a la represión a la delincuencia como un derecho de la gente, desvestido de cualquier ideología. Hoy no sorprende que la violencia urbana y la migración llenen los discursos de sus enemigos políticos, pero aquella gran deuda del '19, nunca resuelta, no solo la Constitución ausente, aparece nuevamente desterrada del panorama.