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Hongos de las Yungas prometen cambiar el agro

“Investigadores tucumanos hallaron un hongo nativo de las Yungas con potencial para mejorar cultivos y reducir agroquímicos.”

En los troncos húmedos, en la madera en descomposición o adheridos a árboles viejos, crecen silenciosamente unos hongos con forma de abanico que casi nadie mira dos veces. Sin embargo, un grupo de investigadores tucumanos cree que allí podría estar una de las claves para transformar la agricultura del futuro. La licenciada en Biotecnología, Florencia Garzón, estudia desde Tucumán el potencial del género Trametes, un conjunto de hongos conocidos por sus colores intensos y por crecer como pequeñas “repisas” sobre la madera. Su tesis doctoral es dirigida por Paula Filipone y co dirigida por Carlos Salvador Montoya, y cuenta además con la colaboración de Marcela Berettoni, estudiante de Ingeniería Agronómica.

El objetivo de la investigación es desarrollar bioinsumos capaces de fortalecer naturalmente cultivos estratégicos como el limón y reducir el uso de plaguicidas. “Creo que los hongos pueden cambiar el rumbo de la agricultura como la conocemos”, resume la investigadora. Tucumán concentra una de las producciones citrícolas más importantes del mundo y enfrenta amenazas sanitarias cada vez más complejas. Enfermedades como el HLB (presente en países vecinos como Brasil) que es considerada la más devastadora para los cítricos o la cancrosis (presente también en Tucumán) que generan preocupación permanente en el sector. Algunas de esas enfermedades son extremadamente difíciles de controlar porque se transmiten a través de insectos diminutos que escapan incluso a los tratamientos tradicionales.

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Frente a ese escenario, la investigación propone una alternativa biológica: aprovechar compuestos producidos por hongos para estimular las defensas naturales de las plantas. “No buscamos matar la plaga directamente, sino fortalecer el sistema inmune de la planta para que pueda resistir mejor”, explica Garzón. El trabajo se encuentra todavía en etapa experimental, pero los primeros resultados entusiasman al equipo. Inicialmente, la tesis analizaba solo dos grupos de hongos. Sin embargo, el buen desempeño observado en laboratorio llevó a ampliar el estudio a distintas especies emparentadas con Trametes versicolor, popularmente conocido como “cola de pavo”.

Ese hongo ya despertó interés en otras áreas científicas. En Europa, por ejemplo, existen investigaciones que estudian sus extractos como complemento en tratamientos oncológicos. También se utiliza en procesos de biorremediación y degradación de residuos orgánicos. Ahora, en Tucumán buscan abrir una nueva línea: usarlo para el agro. “Cuando revisamos antecedentes científicos no encontramos prácticamente nada sobre el uso de Trametes en agricultura. Ahí vimos una oportunidad”, señala la investigadora.

La apuesta científica está puesta en unas moléculas llamadas betaglucanos, compuestos naturales presentes en ciertos hongos. Estas sustancias ya fueron estudiadas por su capacidad de activar respuestas defensivas en animales y ahora los investigadores buscan entender si también pueden estimular los mecanismos de protección de las plantas. La idea es que los cultivos puedan resistir mejor a enfermedades y plagas de manera natural, reduciendo así la necesidad de pesticidas y otros químicos agresivos.

La investigación se inscribe además en una tendencia global: el creciente interés científico por el reino fungi. Durante décadas, las plantas ocuparon el centro de la búsqueda de compuestos medicinales y aplicaciones biotecnológicas. Pero los hongos comenzaron a ganar protagonismo tras descubrimientos históricos como la penicilina.

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“Un hongo para todo”

Desde estudios sobre especies capaces de degradar plástico hasta investigaciones sobre hongos que sobreviven alimentándose de radiación en zonas como Chernóbil, el universo fúngico se convirtió en una de las fronteras más fascinantes de la ciencia contemporánea. El interés científico por los hongos también creció en áreas vinculadas a la salud humana. En distintos centros de investigación del mundo se estudian compuestos presentes en algunos hongos, como la psilocibina (una sustancia psicoactiva producida por ciertas especies) por su posible uso terapéutico en trastornos como la depresión resistente, el estrés postraumático o algunas enfermedades neurodegenerativas.

También existen investigaciones sobre especies como “melena de león”, cuyos compuestos son analizados por su potencial efecto sobre funciones neurológicas y cognitivas. Aunque varios estudios muestran resultados prometedores, los especialistas advierten que muchas de estas aplicaciones todavía están en etapa experimental. “Hay un hongo para todo”, dice Garzón entre risas, aunque detrás de la frase hay una realidad científica cada vez más sólida.

No todos son comestibles ni seguros. De hecho, los especialistas insisten en que nunca deben consumirse hongos silvestres sin identificación profesional, debido a que algunas especies tóxicas son extremadamente similares a otras inocuas. Los Trametes que estudian en Tucumán, por ejemplo, no son aptos para consumo directo porque su estructura es dura, rica en quitina y similar a una madera. Sin embargo, mediante procesos de extracción pueden obtenerse los compuestos biológicamente activos que interesan a la ciencia.

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